Testigos cegados
Dedicado a “los Nadies: los hijos de nadie,
los dueños de nada.
que no son seres humanos,
sino recursos humanos,
que no tienen cara, sino brazos,
que no tienen nombre, sino número.
Los nadies, que cuestan menos,
que la bala que los mata.”
Eduardo Galeano
Se puede dar rienda suelta a la imaginación. Buscar un término más sofisticado. O quizás un eufemismo que no provoque excesiva repercusión entre neuronas para despertar alguna conciencia. No sería tarea difícil, ya que en crear eufemismos para no molestar a los ciudadanos de las sociedades occidentales, la hegemonía capitalista ha encontrado a lo largo de la Historia una de sus grandes virtudes.
Por ejemplo, si teníamos la intención de bombardear indiscriminadamente oscuros rincones del mundo que no seguían nuestros cánones, a sabiendas de que masacraríamos inocentes, contábamos con la bendita expresión de “daño colateral”. Y si éramos certeros en balística para eliminar del mapa a los que nos hiciesen frente, disponíamos de los “ataques preventivos”.
Sí, definitivamente el capitalismo ha sido un enorme latifundio de eufemismos para que un tercio de este planeta pueda dormir con la conciencia tranquila. Ningún ser humano nacido en esta parte del planeta en la que el capricho quiso que tantos naciéramos jamás hemos visto caer bombas racimo a pocos metros de la casa del vecino, sentido el fósforo blanco en nuestras entrañas, o experimentado el pánico de divisar a un hermano volar por los aires gracias a una mina antipersona. Y si alguno lo ha visto ha sido desde los aires, manejando un brillante pájaro de fuego, o desde una base militar: en Irak, Libia, Afganistán… donde prefieran localizarla en el globo.
Y cuidado con considerar a estos soldados como si fueran invasores, porque la soberanía nacional, por más que se estrujen el cerebro los expertos en Derecho Internacional, no es “el poder absoluto y perpetuo de una república sobre su propio territorio”, como Jean Bodin trató de definir. Es, para honra y gracia del capitalismo, un concepto ideológico que podrá atribuirse a un territorio delimitado, siempre que dicha atribución cuente con la aceptación y beneplácito de sus majestades el Consejo de Seguridad, y entre ellos, unos Estados Unidos que antes de dar su aprobación, tendrán que verificar la situación económica de su industria armamentística. Zarzas que a su vez son el orgullo patrio del Tío Sam.
Testigos cegados. En eso ha convertido el Imperio a sus ciudadanos, y no es azaroso utilizar ambas palabras para describirles.
Son testigos, como también podríamos pensar que lo son los que nada tienen, los que nada son, desde la madre de Temagoló sin leche para dar de amamantar, al niño colombiano que limpia cristales entre las pausas que dictan los semáforos de la urbe. Pero no me refiero a ellos, no es contra ellos mi palabra, y que me arribe el día si alguna vez contra ellos va dirigida. Porque cuando no sabes si tendrás mañana para llevarte a la boca, o llevárselo a tus hijos, no eres un testigo, sino que te convierten en un espectro al que a diario tratan de arrebatarle no sólo sus fuerzas de vivir, sino también de poder detenerse un minuto y pensar los porqués de su desesperación. No, no eres testigo cuando te despojan de los ojos del alma.
Mis testigos no son los abandonados. Mis testigos caminan en torno a mí por la ciudad, evadidos de la realidad con sus Smartphone y Ipod de última generación. Mis testigos no miran a los ojos de la gente, sino a los escaparates que hacen todo lo posible por captar su materialismo. Mis testigos sueñan con un coche nuevo aunque no hayan terminado de pagar el que ya tienen, o con un elegante vestido, aunque en casa tengan tres sin estrenar. Mis testigos no piensan en ellos mismos como comunidad, sino que les absorbe el individualismo soberbio con el que desde pequeños, inconscientemente, se dejaron adoctrinar. Mis testigos dedican unos segundos de observación a otros compatriotas que en sus calles mendigan una limosna, pero por inercia se separan, como el vehículo que adelanta a una bicicleta, o el hipocondriaco que atraviesa un leprosorio. Mis testigos morirían si fuese necesario por la apariencia. Es indiferente realizar cuantos sacrificios diarios sean precisos para poder vestir lujosas marcas. Es vital tener una buena sonrisa y manos entrelazadas para pasear por el vecindario, aunque no falten en casa los reproches y los gritos. Mis testigos amotinan los centros comerciales cuando llegan épocas de rebajas en precios de productos, aunque sus armarios abunden de bienes similares, pues así les enseñaron a llenar sus vacíos existenciales. Mis testigos critican a los países pobres donde la prostitución se sirve a unos precios ínfimos para sus bolsillos, pero entre ellos también están sus primeros consumidores.
Mis testigos educan a sus hijos para tener una casa en propiedad, un coche en propiedad, un jardín en propiedad, un perro en propiedad, y también esclavos en propiedad, no en el sentido primitivo colonial, pero sí en el “infalible” sentido neoliberal. Si han nacido en familia acomodada, ni siquiera habrán de hacer esfuerzos, pues las instituciones académicas privadas les dotarán de cuantos títulos sean necesarios para que alcance altos cargos dentro de ese tejido nepotista que asienta en lo más alto a las más poderosas familias de la oligarquía capitalista. En caso de ser de clase media, tendrá que optar entre esforzarse o permitir a sus padres que vendan sus almas a la banca para que paguen sus estudios. Les incitarán al estudio, pero no desde perspectivas humanistas. “El niño ha de estudiar para ser un hombre de bien”. Pero “de bien” será para el padre cuando posea todo lo enumerado. “El niño” será, desde que nace, educado para tener, educado para acaparar. No será educado para ser, para ser única y exclusivamente un tesoro intelectual, para ser una vida llena de valores y conocimiento, para ser sabio, para ser humano. Nada será si no está dispuesto a hipotecar su vida durante 40 años a cambio de 100 metros cuadrados y un coche de segunda mano. En caso de estar bajo el umbral de la pobreza, deberán crear desde pequeños una voluntad de hierro para no caer en despiadadas manos. Y si además de ser pobres viven en suburbios o barrios marginales, el narcotráfico y las mafias serán sus compañeros de infancia y, probablemente, también sus sepultureros.
Mis testigos abrazan las mil variantes de ocio, tanto legales como ilegales, que el capitalismo les muestra, para así dejarse llevar en el lapso de tiempo que delimita su vida sin llegar a alcanzar la máxima noción humanista: tratar de luchar contra las injusticias sociales que el propio sistema crea. Desde los casinos a las prostitutas de clubs de alterne permitidos bajo un tupido velo por la ley, el fanatismo religioso, el hooliganismo, la cocaína, el cannabis o la lotería. Y podría continuar enumerando hasta la eternidad todos los vicios y dogmas a los que el capitalismo invita que abraces, y que, además, se encuentran a un alcance de la mano que produce pavor. En otras palabras, el «panem et circenses» llevado a su plenitud.
Pero me resulta, a su vez, injusto recriminar a gran parte de los que se abrazan a estos elementos, y que de este modo guíen su conducta hacia tales vicios. No escribe estas líneas más que otro ciudadano que, lejos de creerse superior a nadie, solo siente desconcierto y vergüenza por la que sus gobernantes denominan “civilización occidental”. Sería injusto culparles sólo a ellos, porque viviendo en el capitalismo, también caigo en ocasiones en sus redes consumistas del materialismo más banal y repugnante que la Historia nos ha podido mostrar. También formo parte de ello, aunque me duela profundamente. Pero yo no encajo en esa definición, no estoy cortado con el mismo rasero, como tampoco lo están por miles en los países del mundo. Por suerte en la zona más infectada por el “capitalismo de bienestar” son muchas las personas que alzan su voz y comparten mi sentir, desde la costa de California hasta las orillas más orientales del Mar Negro. Por desgracia, en las zonas más infectadas por el “capitalismo salvaje” son pocas las personas a las que se les da voz, desde los explotados en monocultivos brasileños a los niños mineros nigerianos, pasando por las madres chatarreras de los insalubres vertederos de Calcuta. Pero son a ellos a los que debemos valer como voz, no porque sean dependientes a nosotros, sino porque, de un modo instrumental, tenemos que servirles para que puedan volver a alcanzar la dignidad como personas que el Imperio, a través de otro eufemismo, les ha robado mediante los grilletes de la “globalización”.
Mis testigos no son testigos cualquieras. Son de una tipología que ni la frialdad más retorcida podría haber elucubrado. Curtidos y macerados de tal modo que ni la dinastía menos compasiva lograría concebir. Disponen de una conciencia plena de la situación mundial. Incluso el súbdito lacayo más dócil y estúpido del sistema tiene una conciencia de ello. Y cuando hablo de situación mundial ni siquiera entro en dilemas políticos, por globales que sean. Porque el problema mayor que existe en este mundo no es otro que el hambre, hambre y penuria que el capitalismo necesita acrecentar a diario para proseguir vivo. Y no hay nadie en este mundo de entre quienes no lo padecen que lo desconozca. Pero incluso para esta desgracia que hoy nos brinda el capitalismo (y que como advirtió Marx, ya nos ofreció en tantas otras ocasiones bajo diferentes nombres y apellidos) sabe con qué papel de regalo envolvérnoslo para lograr que la gente lo vea como algo “normal, inevitable, que tiene que existir porque siempre existió y nada puede hacerse por evitarlo”. Y va más allá. El capitalismo no se queda tranquilo consiguiendo frenar la acción de sus vasallos, sino que además logra crearles una apatía al respecto, haciéndolos inmunes incluso a anuncios publicitarios o documentos multimedia. Se encargan de normalizarlo, intercalando un “Apadrina un niño de Ruanda” entre un anuncio de coches y otro de perfumes, por citar una de tantas artimañas que están a la orden del día. También acostumbran a informar en los medios de que embarcaciones deterioradas son encontradas a la deriva con decenas de marroquíes y saharauis muertos y madres embarazadas, pero no guardan reparo en dedicarles solamente “un minuto”. Y jamás en prime time.
Mis testigos, como dije al principio, son testigos cegados, a los que resulta tan fácil dominar, manipular y tratar como rebaño, que me suele dar miedo. Y ejemplos existen para llenar bibliotecas más grandes que la que hubiera en Alejandría.
Antes citaba a aquéllos que eran víctimas de daños colaterales, pero pasan tan de largo en nuestros medios de desinformación que logran que el olvido de esas criaturas aumente exponencialmente en el tiempo. Los 47 muertos en Irak por un ataque de un convoy norteamericano o los apresados en Guantánamo no cubrirán portadas, y si lo hacen, atenderán a estrictas cuadrículas de escuadra y cartabón.
Por fortuna para los gobernantes capitalistas, no se esconden las “guerras preventivas”. Y digo por fortuna porque necesitan no esconderlas, ya que sólo hay una manera de reafirmar su legitimidad frente a sus lacayos: creando enemigos. Y no dudarán, como osó George W.Bush, a mencionar al mismísimo Dios para asegurar a su población que le había dicho que ellos eran los buenos. No acaba ahí el teatro, pues la escena más tenebrosa es a la par la que suele repetirse en más ocasiones: probablemente esa guerra mediatizada y premeditada es contra un país para nada desconocido entre “mis testigos”.
No será difícil encontrar imágenes de George Herbert Walker Bush abrazando a Sadam Hussein a finales de siglo, para posteriormente librar la Guerra del Golfo y que luego lo mandara ahorcar su hijo… o vídeos románticos de abrazos y buenas formas de Barack Obama, Angela Merkel, Nicolás Sarkozy, Gordon Brown o Juan Carlos I junto a Muammar el Gadafi, para un par de años después lanzarlo a fundamentalistas islámicos y ser tiroteado con el benedícite de la OTAN. Líderes, gobernantes, jefes de Estado, llámenles como quieran, pero de la noche a la mañana los transforman de personas ejemplares a viles traidores. Y no se tendrá en cuenta nada de lo que hagan con sus pueblos, sea bueno o no, sino la rentabilidad económica que se produzca permitiéndose o no que estén en el poder.
Y lo peor de ello no es la hipocresía, no es el cinismo de los políticos occidentales, de los gobernantes de los cegados, sino la amnesia colectiva de mis testigos, de los que hoy llamarán Sol al astro, y mañana lo llamarían Luna si así lo dictan sus gobiernos y sus secuaces de desinformación que, con el uso de prejuicios, les sobra para convencer a un amplio sector de sus lectores.
No, no han sido palabras aleatorias las que me han llevado a hablar de “testigos cegados”. Como dije, son testigos, y cegados, pero no ciegos. Es la telaraña deliciosa que les ofrece el capitalismo la que los nubla, y la que con un consentimiento tácito aceptan. Y esa telaraña es a la vez la mayor de las virtudes con las que cuenta el capitalismo para sí, para sustentarse y mantenerse con primacía en el panorama internacional. Por otro lado, desde nuestra trinchera, es la maquinaria contra la que se han de unir todas las fuerzas.
Probablemente haya sectores sociales que este razonamiento lo consideren como “iluminista”, es decir, como si existiéramos personas en el mundo que creemos tener la “verdad absoluta”, y que sentimos una superioridad sobre el resto de la sociedad mundial, ya que hemos sido “tocados por la divinidad dogmatica anticapitalista” que nos hace creernos especiales. Argumentos de este tipo en el Imperio abundan de mil y una maneras, porque es de primera necesidad provocar el máximo descrédito y burla a toda aquella herramienta de la que disponga algún ciudadano para criticar la catástrofe que se está realizando con este mundo y sus habitantes.
Sería mucho más fácil en este ensayo haber arremetido directamente contra los gobernantes, contra los Jefes de Estado, o incluso más sencillo aún, haber increpado contra los que se esconden tras el término de “mercados”, es decir, los directivos del Banco Mundial (a muy pocos ciudadanos les sonará Robert Zoellick), del Banco Central Europeo (a Mario Draghi contadas veces se le verá su nombre en los telediarios) o del Fondo Monetario Internacional (a pesar de que Christine Lagarde y sus sucesores determinarán la vida de cientos de miles) entre otros. Porque ya está bien de hablar de “mercados” para esconder detrás a individuos con nombres y apellidos que son los que realmente dirigen el mundo capitalista, que controlan organismos que rigen los destinos de las naciones bajo el chantaje de la usura, y que ningún ciudadano ha elegido, ni a ellos, ni a los que a ellos les eligen. Estas señorías únicamente van a continuar poseyendo las potestades de las que hoy disponen hasta que se produzca un punto de inflexión en la civilización occidental: ese punto de inflexión ocurrirá cuando esta Humanidad diga “¡Basta!” y eche a andar, marcha de gigante que ya escuché en una grabación de un Febrero 4 de 1962, y que antes oí a un argentino consecuente hasta la muerte por sus ideas.
Es sobre ese “¡Basta!” sobre el que debemos incidir, y es que, a pesar de las críticas que hacemos y que escuchamos, sin entrar en ideologías políticas, sino partiendo de la precariedad, explotación, hambre, miseria, guerra y destrucción medioambiental que produce el capitalismo, se antoja paradójica la pregunta de: ¿realmente quiere la parte crítica del mundo capitalista acabar con el capitalismo? ¿o en realidad estamos a la suicida espera de que el capitalismo acabe con nosotros?
Por raciocinio debería ser la primera de las preguntas la que contestásemos afirmando en rotundo, pero no es lo que vemos en los comportamientos de las masas que viven bajo este orden establecido.
En 2011 vimos en todos los países capitalistas manifestaciones multitudinarias donde la gente protesta pacíficamente, y los medios los denominaban como “indignados”. Fue mi país el primero en Occidente que inició estas protestas (con los conocidos antecedentes de la Primavera Árabe) con sentadas en plazas que duraron semanas y de las que fui partícipe directo. Pero en aquellas noches en las que me encontraba recostado en el suelo sobre un saco de dormir rodeado de conocidos y desconocidos, me preguntaba en lo más profundo: ¿realmente quieren una sociedad internacional más justa e igualitaria? ¿se han parado a pensar en las consecuencias y repercusiones que ello tendría si fuese hacia delante? Y no lo pensaba con vanidad y descaro, sino con desconcierto e incertidumbre. Yo, si de algo podía y puedo permanecer seguro es que estaría firmemente dispuesto a reducir si fuera necesario mis libertades si ello me asegurara el surgimiento de una sociedad internacional más justa e igualitaria para todos, pero ¿y ellos? Esto requeriría una equidad social a nivel mundial sin precedentes; requeriría una concepción comunitaria de la sociedad mundial que golpearía ese individualismo egoísta que a tanto ciudadano enamora a diario, y esos cambios son incómodos para quienes no tienen unas convicciones firmes de querer justicia histórica.
Aun así, me emocionaba. La gente se unía para protestar: desempleados, estudiantes, licenciados, diplomados y graduados que no encontraban trabajo y que para servir hamburguesas en McDonald’s debían borrar esos títulos académicos de sus currículum. También había ancianos, pensionistas llenos de rabia, minusválidos… pero quienes llamaban mi atención y admiración eran aquellos que gozaban de un buen puesto de trabajo, que no tenían deudas, que vivían condiciones de bonanza económica, y que aun así, allí estaban, codo con codo, con los que los medios tildaban de “indignados”, aunque yo prefería llamar desesperados. Esos a los que José María Aznar discriminaba como “grupos marginales y extremistas”, cuando hasta indecisos que alguna vez en el pasado votaron a su partido de derechas se encontraban allí gritando a viva voz “Lo llaman democracia y no lo es”.
Esas personas sí las consideré comprometidas con el trasfondo de estas protestas. Sí las consideré porque allí estaban cuando a nivel individual no tenían necesidad de ello. En la Historia ha habido grandes hombres que han luchado por los derechos y la dignidad de los demás, pero siempre me han causado una mayor admiración aquellos que, habiendo tenido al alcance de la mano la oportunidad de llevar una vida sosegada, tranquila y acomodada, con lujos y sin necesidades, la desecharon y arriesgaron todo por los “sin voz”, los oprimidos, los olvidados. Veía un minúsculo paralelismo entre ellos, de solidaridad y fraternidad con los que realmente lo pasan mal día a día, que me ilusionaba. Y para desgracia de las grandes élites del capital, en su día un fantasma fue el que recorrió Europa, y hoy es una ola de indignación que ha cruzado los grandes océanos y tienen a poblaciones de todos los continentes levantadas pacíficamente, pero no por no ser beligerantes les tienen menos miedo. Al contrario, desean que sean violentos, porque así encontrarán un motivo frente a la galería, una razón justificada cara a los testigos cegados, a los ciudadanos pasivos, para cargar contra ellos y que sus policías desfogasen así su frustración y su ira con porras y puños. Aun siendo un movimiento pacifista, igualmente las han utilizado, pero sólo han conseguido unir más la hermandad entre anónimos de todo el mundo y acrecentar en número a los que salen a la calle cuando se convocan oleadas de protestas. De conseguirse algo fructífero con estas protestas continuando con esta línea de no-violencia, sería algo inédito en la Historia. Hay quienes piensan que el fenómeno de Gandhi fue el primer movimiento pacifista que lo logró, siendo célebre su Marcha de la Sal, pero sólo hay que indagar para descubrir los millares de combatientes por la libertad que murieron o cayeron heridos en este proceso de descolonización. Me repito: sería algo jamás visto antes por los ojos del hombre.
Y es que, en posición antagónica al pacifismo, podemos considerar al capitalismo experto en dos tipos de violencia.
Por un lado, en la violencia activa, es decir, la que utilizan hacia otras naciones del mundo, hacia los que ellos, los Buenos, proclaman como Eje del Mal, y con la que arrasan a base de bombardeos, técnicas de asedio y destrucción que ellos mismos han firmado en convenios internacionales que están prohibidas llevarse a cabo. Parecido razonable tiene este uso de bombas o armas químicas que ellos sí usan pero que prohíben utilizar con el desarrollo de la energía nuclear, exhortando a naciones como Irán o Pakistán a detener cualquier desarrollo de esta energía, pero recuerden, sólo como prohibición a terceros, pues ya cuentan sus ejércitos con suficiente desarrollo armamentístico en esta faceta. Esta es la violencia activa que, al igual que las fases de la economía neoliberal de mercado, es cíclica, para que los dividendos económicos de la venta de armas no decaiga y pueda continuarse en la irracionalidad de aumentar indefinidamente la competitividad y crecimiento económico en un mundo de recursos y bienes limitados. Algo que hasta la saciedad grandes nombres de la Economía y la Sociología han tachado, y razones no le faltan, de inmoral, inhumano, incoherente… pero que no afecta a sus formas de proceder y a la sádica convicción de continuar por ese camino.
Por el otro lado, como si de una rémora del sistema se tratase, existe también la violencia pasiva, la cual existe de mil y una maneras distintas, y en la que ellos no son los que directamente matan a los ciudadanos de otras naciones. En absoluto, no son los que aprietan el gatillo, ¿por qué? porque han encontrado ágilmente otras formas de actuar. Este tipo de violencia no solamente se utiliza sobre ciudadanos de más allá de sus fronteras, sino también sobre sus propios gobernados.
En relación a los ciudadanos extranjeros utilizan técnicas de agresión permanente. Y Cuba es un claro ejemplo, pues el bloqueo es una estrategia tan maquiavélica como ilógica e irracional. Desde una visión calculadora y capitalista, responde a estos adjetivos, porque cinco décadas de impedir el crecimiento económico de esta nación no ha logrado el objetivo de eliminar un gobierno incómodo para los Estados Unidos, luego ha sido una estrategia fallida. Desde la perspectiva de los Derechos Humanos, el cinismo se apodera de esta agresión, de esta violencia pasiva hacia Cuba, pues quienes lo llevan a cabo se reafirman en que lo hacen por el bienestar, el progreso y la prosperidad de los cubanos, pero el documento oficial del Departamento de Estado de 6 de abril de 1960 reconocía que el objetivo de las sanciones y obstrucciones económicas a esta nación eran “producir el hambre y la desesperación de la población civil y, en consecuencia, el derrocamiento del Gobierno”. Es escandalosa su argumentación, decir que buscas la prosperidad en una población, y para que prospere ordenar su tortura. Y el fruto de esta violencia pasiva puede surgir por diferentes estrategias, siendo en este caso que no les valió la violencia activa, y que en Girón no lograron que ondearan 50 estrellas.
Además, dicho bloqueo, personalmente, sólo me inspira “miedo” por parte de los Estados Unidos, aunque suene ridículo por tratarse de un pueblo de 11 millones a 40 km de otro pueblo de casi 300. Pero, ¿qué sentido tiene el bloqueo? Imaginen que alguien les reta a realizar una carrera, y le asegura que va a ganarle, pero en lugar de correr ambos, le encadenan a un banco. ¿Qué temen? Los economistas liberales se jactan diciendo que el sistema estatal de planificación central inspirado en los principios económicos marxistas es ineficiente, es improductivo, es decadente, obsoleto, y demás palabrería. Los gobiernos liberales de los EEUU pregonaban y pregonan que es su modelo económico, y no el modelo inspirado en principios socialistas, el idóneo para las sociedades, y que además, los postulados marxistas que fundamentaban la praxis económica soviética siempre los consideró como irracionales, desfasados, desvirtuados, y un sinfín de calificativos peyorativos. Pero, ¿por qué hacen un abuso de poder a naciones que creen en ello? ¿quiénes son para decir lo que sirve y lo que no? Déjenlo crecer y si tan convencidos están, a ojos del mundo será visible quién lleva razón. Por ello no le faltaba razón a Eduardo Galeano cuando afirmaba que “la revolución cubana hizo lo que pudo y no lo que quiso”. Y siendo honestos, no nos valdría el ejemplo de la URSS, porque en sus poco más de 70 años de historia nunca estuvo ni una sola década con estabilidad política, bien por graves sucesos internos que trataban de perjudicar a la Unión (dejando a un lado la guerra civil con el Ejército Blanco, sino partiendo desde los inicios de la NEP a la Perestroika), bien por conflictos bélicos en el extranjero, desde la 2ª Guerra Mundial al fin de la Guerra Fría. Es cierto que EEUU también tuvo inestabilidad política, pero con la diferencia de que fueron ellos los beligerantes que provocaron guerras para así retroalimentarse.
Más interesante resulta desde la perspectiva jurídica del Derecho Internacional Público: para encontrar la primera mención a la agresión tenemos que remontarnos al Estatuto del Tribunal Militar de Nüremberg, o de Tokio, para encontrar tipificado este tipo de violencia pasiva sobre otros Estados dentro de los crímenes contra la paz. Ahora bien, sirvió para ajusticiar a los nacionalsocialistas, pero no servía para posteriores intromisiones sobre otros Estados, y para posteriores financiaciones de derrocamientos de gobiernos legítimos que no se pudieran armonizar a los intereses del Imperio. Por ello, no es casualidad que en el Proyecto de Código de Crímenes contra la Paz y Seguridad de la Humanidad de la Comisión de Derecho Internacional ya no se haga referencia a la guerra de agresión, que lo consideraba por entonces un tipo de violencia activa, sino que nos hable de “agresión” o “amenaza de agresión”. Posteriormente, la ONU en su Resolución 3314 la definirá como: “el uso de la fuerza armada por un Estado contra la soberanía, la integridad territorial o la independencia política de otro Estado, o en cualquier otra forma incompatible con la Carta de Naciones Unidas”. Podríamos pensar que cuando nos habla de “cualquier otra forma incompatible” ahí sí podríamos incluir actuaciones como el bloqueo a Cuba, que de hecho viola vergonzosamente los artículos 1 y 2 de la Carta. Pero ¿qué sucede? Que nosotros haciendo esta afirmación, debido a la indeterminación de la Resolución 3314, estaríamos realizando una “interpretación”. Sin embargo, tales interpretaciones y apreciaciones están reservadas para lo que opine al respecto el Consejo de Seguridad de la ONU, con el comodín del veto. En otras palabras, se consigue con esta discrecionalidad ampliar el margen de maniobra (a los Estados Unidos en este caso), y le da más soltura en sus tejemanejes elitistas. Las interpretaciones de si es o no una medida compatible con la Carta de las Naciones Unidas podría hacerse al antojo de cada uno, y hoy por hoy, el antojo del capitalismo es ni siquiera entrar en divagaciones al respecto. Resulta escandaloso, pero es así, y como muchos sabemos pero aún muchos más no saben, estas medidas no sólo perjudican al ciudadano cubano, sino también al estadounidense. No es algo que sorprenda, esto le daba y da al Imperio carta blanca para actuar, tanto para bloquear indefinidamente a Cuba, como eliminar el gobierno de Allende, provocar el magnicidio de Patrice Lumumba, intervenir en la guerra del Vietnam, o sin irnos tan lejos, llevar a cabo directamente el asesinato de Filiberto Ojeda, instar al golpe de Estado sobre el gobierno venezolano de Hugo Chávez, o planificar sobre Palestina una opresión sin precedentes. Y así, una infinidad de efemérides.
La violencia pasiva citada vemos que a su vez surge, en este caso concreto, por comodidad, ya que resulta menos mediática y menos asequible al ciudadano que quiera conocer de las tragedias y desgracias que viven otros pueblos del mundo a causa de esta “mano invisible”, pues los postulados y las expresiones de Adam Smith sirven para explicar muchas acciones de este sistema más allá de la pura economía.
Profundizando aún más en cuestiones que derivan de lo dicho, hay un problema delicado que retuerce más si cabe la problemática: en 1764, Cesare Beccaria, uno de los mejores juristas de la Historia del Derecho, escribía un ensayo jurídico denominado “De los delitos y las penas”, libro considerado como uno de los más influyentes en el Derecho Penal. Del ensayo se pueden extraer ideas fundamentales que son de fácil comprensión, y que se ven tan elementales y lógicas que no parece que sea posible discutir al respecto, pues aúnan todos los buenos valores de igualdad dentro del regazo de la justicia. Uno de ellos dice así: “Las penas deben ser iguales para todos los ciudadanos, nobles o plebeyos”. Sobreentendemos que se refiere a las penas dentro de un mismo país, ya que vivimos en un mundo donde cada Estado tiene su propio ordenamiento jurídico, y dispone las penas para cada delito como lo considera más adecuado, luego no puede concebirse esta idea de un modo internacional en cuanto a la cuantificación de las penas. Pero sí estaremos de acuerdo en que, al menos, si yo acuso a un ciudadano de mi país de estar cometiendo un delito en mi nación, moralmente, no puedo dotar de exoneración a aquel ciudadano de otro país que esté llevando a cabo la misma acción en su Estado, siendo también delito en ese Tercer Estado, tratándolo pues como a un inocente y no cooperando judicialmente con aquel Estado que lo reclama. O más allá, tratarlo como un mártir. Incluso más escandaloso si cabe: permitir que esa persona viaje a mi nación y ande libre por mis calles. Es algo elemental que en principio, a pocos detractores podríamos encontrar.
Pues bien, nuestra realidad nos enseña que no es así. Hay seres, que ni merecen el calificativo de personas, que cometen delitos de este tipo dentro de sus fronteras, pagados por terceros Estados, y viven hoy libres en los países que llenaron sus arcas por cometer actos terroristas. La opinión internacional piensa que la primera aeronave que voló por los aires en el continente americano fue el 11 de Septiembre de 2001, pero 25 años antes, el 6 de Octubre de 1976, era explotado en pleno vuelo un avión de Cubana Aviación con destino La Habana-Barbados en el que todas las criaturas que viajaban murieron en el acto. Y hay pruebas documentales de que tanto agentes cubanos de la CIA, así como algunos miembros de la por entonces DISIP (Policía secreta venezolana) estuvieron detrás de todo. Y es cierto que Freddy Lugo y Hernán Ricardo fueron sentenciados a 20 años de prisión, pero cubanos hoy residentes en Miami como Ornaldo Bosch o Posada Carriles viven en libertad. De hecho han confesado su culpabilidad, y nadie les ha arrestado por ello en suelo estadounidense.
Más allá de eso, encontramos un doble rasero que llega a ser delicado, porque se trata de temas tan graves como el terrorismo o la seguridad nacional. En Cuba, en un sistema jurídico-penal y penitenciario imperfecto (que levante la mano el Estado que goce de perfección) hay personas encarceladas bien por actuar financiadas por terceros Estados, o simplemente contra la seguridad nacional del país, y allí son considerados presos, y a los que han llegado lejos poniendo en peligro la estabilidad de la nación, se les considera terroristas. Los habrá que lo hagan por dinero, y los habrá que lo hagan por estar en contra de la Revolución. Pero sólo basta que un gigante de la comunicación le saque de sus labios que está en contra de Fidel, de la Revolución, o del sistema, para que aquí cada vez que aparezca en los noticiarios, se anteceda “preso político”. Y peculiarmente en mi país, resulta digno de análisis, porque, por un lado, las penas que poseemos para delitos contra la seguridad nacional son mayores que las del Código Penal cubano; por otro lado, también sabemos lo que es vivir el terrorismo dentro del país. ¿Cómo sentaría a España que un presidente, ministro, o líder regional de otro Estado hablara de todos los presos de ETA como presos políticos? Porque es lo que hace España y todos los países de la Unión Europea hacia Cuba, debido a la llamada “Posición Común” que tienen frente a la Isla (el único país del mundo contra el que mantienen esta hostilidad unánime).
En España contamos con terroristas en las cárceles que han matado a personas, pero también se ha perseguido la labor de periodistas vascos que, teniendo ideas independentistas, midiendo sus palabras para no caer en la ilegalidad, no han hablado del uso de la violencia, y aun así, se les ha condenado por “enaltecimiento del terrorismo”, cuando a tenor literal de lo que escribían, no había huella de alentar a la violencia o a la implantación del terror. Apuesto a que leer esto a muchos españoles les hace llevarse las manos a la cabeza, y no dudarían en quemarme a lo bonzo, porque es un tema que, como es normal, toca mucho la fibra, sea cual sea la ideología, pero cuando pasa en otros países, cuando son otros a los que se toca la fibra, y cuando sobre esos otros gobiernan hombres y mujeres que a diario nuestros noticieros de televisión, prensa, radio e Internet nos han dejado claro por activa y por pasiva que son tiranos, opresores y el diablo personificado, no dudamos en tirar de nuestra “honorable” Historia, y sacar de nosotros al inquisidor que en siglos anteriores daba golpes a diestro y siniestro.
No necesitamos escucharles. ¿Cuántos oyeron a Fidel Castro, Hugo Chávez, Rafael Correa, Evo Morales, o Daniel Ortega? Ninguno ha contado con más de 5 segundos en un telediario, y si lo han permitido, ha sido para burlarse por algún suceso, como por ejemplo repetir de forma insaciable las imágenes de Fidel tropezando en la escalinata, o a Chávez y el vergonzoso “¿por qué no te callas?” que tanto le rieron los periodistas a Juan Carlos I. Se escandalizaron en los medios cuando Fidel Castro no condenó a ETA en la X Cumbre Iberoamericana de 2000 que se celebró en Panamá. En eso quedó la noticia, en que no condenaba, no explicaban qué había dicho realmente. Durante la celebración de esa misma cumbre se desmanteló un plan de magnicidio sobre Fidel, dirigido por el mencionado Luis Posada Carriles y apoyado por la Fundación Nacional Cubano Americana, que consistía en volar el Paraninfo de la Universidad Nacional de Panamá cuando él se dirigiese al auditorio. Al ser descubierto el plan terrorista, era un secreto a voces que detrás de todo esto había financiación estadounidense, pero nadie condenaba las acciones terroristas contra Cuba, que una vez más, quedaban evidentes a ojos de toda Latinoamérica y España. “Ajeno” a ello, durante la Cumbre, el presidente por entonces de El Salvador, Francisco Guillermo Flores Pérez, propuso una resolución de condena a ETA, y Fidel Castro se opuso a llevar a cabo ningún tipo de condena de terrorismo mientras se estaba omitiendo abiertamente cualquier condena a las acciones terroristas que se sucedían contra Cuba, y que habían alcanzado un punto álgido en esa misma Cumbre, donde habían tratado de asesinarlo. No es que no condenase a ETA, es que no estaba dispuesto a hacer diferenciaciones entre terrorismo, algo a lo que los lacayos del capitalismo han acostumbrado: repetir “terrorismo” hasta la saciedad cuando ha sido eficiente hacerlo; sacar el diccionario de eufemismos cuando las acciones terroristas eran llevadas a cabo contra los enemigos del “Eje del Mal”. No debería extrañar esta postura de Fidel Castro cuando, según el documental estadounidense “638 ways to kill Castro”, de Channel 4, superan las 600 tentativas de magnicidio sobre su persona. Pero para poder realizar este juicio objetivo, entendiendo el contexto de la Cumbre, y leyendo el acta completo de la misma, precisa un tiempo que la mayoría prefiere no utilizar en ello, sino en leer lo primero que le venga por delante. En situaciones así, uno siente realmente en su interior aquella frase leninista que decía que “La verdad es siempre revolucionaria”. Porque lo es.
Esta violencia pasiva también es dañina para la propia civilización occidental, porque los medios ponen en duda, y por tanto la sociedad pone en duda, las razones por las que unas personas están en la cárcel, y siendo ajusticiados como terroristas o presos comunes por Cuba, se les llama presos políticos sin necesidad de investigar qué hicieron realmente. ¿Por qué? Porque es Cuba, una respuesta simplista para la conducta de “mis testigos”: dejarse acomodar en la información que me pongan más cerca de mi alcance. Nadie pregunta por los de Guantánamo, o por los altos porcentajes de afroamericanos e hispanos que mueren con inyecciones letales en Texas. Y saben que existen, y saben que están siendo cegados, y aun así, permanecen impasibles.
No acaba aquí el análisis a la violencia que el capitalismo profesa. El orden de vileza de la misma lo dejo al libre albedrío del lector. La violencia pasiva llega a su máximo esplendor cuando a través de la misma consigue generar dos violencias activas simultáneas. Durante la Guerra Fría acostumbraron a llevar a sus hijos a los frentes de batalla, a inmiscuirlos en guerras en las que realmente no les incumbía en absoluto. En ocasiones, incluso a finales del s.XIX y principios del s.XX, con el buque Maine y el Lusitania se autoproclamaron como parte de conflictos bélicos. Otras veces directamente acudieron al sonido de las ráfagas de metralla. Pero finalizada la Guerra Fría, y repartida la riqueza de la URSS entre una veintena de magnates tras hacer oídos sordos a un referéndum de 1991 en el que la mayoría de la población soviética votó a favor de la conservación de la Unión, el capitalismo, en su mayor grado simbólico de arrogancia histórica, se percató de una manera eficiente de hacer dinero con la guerra sin participar en la guerra, y para ello contaba con todo un continente que desde siglos atrás habían explotado, esclavizado, humillado y millonariamente endeudado: África se abría como un paraíso beligerante. ¿Para qué llevar a hijos de Lincoln a que murieran en cada uno de los conflictos de los que podía sacarse rentabilidad económica? Había que tener siempre algún frente abierto donde enviar tropas para tener el orgullo patriótico en niveles aceptables. Pero no era preciso que estuviesen presentes en todos. Son abundantes los ejemplos ,pero como trato de dar una visión alternativa y clara, usaré un hecho actual que lleva 13 años sucediéndose y del que es culpable la demanda de los países capitalistas: la guerra del coltán.
Puede que no oyeran hablar del coltán. Es una mezcla curiosa de dos minerales, tanto que es esencial para el desarrollo de las nuevas tecnologías. Es recogido por “Los Nadies” de Galeano, por niños en régimen de esclavitud en minas a cielo abierto que desprenden radioactividad, en las cuales también hay uranio, torio, radio así como asiduas fases minerales tóxicas. No se detiene ahí la vergüenza.
Dichas minas se encuentran en la República Democrática del Congo, la cual se encuentra invadida por Ruanda en la región congoleña de Kivu, y por Uganda en la zona noroeste a causa de tales riquezas naturales. A su vez, surgen facciones armadas que quieren hacerse con el control de las minas, provocando continuas confrontaciones militares a base de guerrillas mercenarias. ¿Quién proporciona las armas? Veamos quienes son los que se benefician de estas minas: Alemania y Estados Unidos son sus principales compradores, seguidos de otros países democráticos y que se autoproclaman como “ejemplos civilizados”, tales como Bélgica y Holanda.
Pero no es una cuestión gubernamental, estatal, sino que, como no podía ser menos en nuestro simpático capitalismo, detrás de los gobiernos están las zarpas de las multinacionales: desde Intel a IBM, pasando por Siemens, HP, Sony, Bayer o Compaq. Y así hasta una veintena de empresas que no es que se hayan descubierto por sorpresa, sino que tampoco hacen por guardar las apariencias, pues son los primeros hacedores y conocedores de la ceguera de “mis testigos”.
Un país rico, no solo en coltán, también en petróleo, diamantes, oro, uranio… recuerdo las declaraciones del obispo congoleño Kaseba, que culpaba a los gobernantes norteamericanos por encima de todos, y que no entendía por qué la ONU, que tenía allí observadores, no movía un solo dedo. ¿Para qué observaban? No iban con intención de detener el saqueo, sino que parecía más bien que estaban allí para confirmar y tener constancia de cómo iban a ser repartidas las riquezas naturales del Congo.
No era necesario mancharse las manos de sangre, con dar las armas a ambos bandos, prometer fidelidad a cada uno en caso de que gane, y agasajar con bienes y dólares a ambas partes para convencerlos de que los rumores de estar apoyando al otro bando son invenciones era más limpio que meter a soldados en varios territorios foráneos simultáneamente. Y los conflictos bélicos se suceden, tanto en guerras civiles como la de Costa de Marfil, hasta las confrontaciones fronterizas de Camboya y Tailandia, o las guerrillas que se producen a diario entre miembros de los distintos imperios africanos debido a la repartición arbitraria que hicieron: parte del imperio Mandinga en la zona de los Wolof; parte del imperio Mossi en el territorio de Ghana; parte del imperio Sousso se halla en el territorio del imperio Mandinga; y otra parte del Imperio Mandinga, en territorio de los Mossi. Todo con el drama endémico de la desnutrición de fondo, y alentando a todas estas tribus desplazadas y divididas por capricho del colonialismo, del neocolonialismo y del imperialismo, a que masacren a sus hermanos con armas a buen precio.
Aun así, no logran entender “mis testigos” cómo puedes admirar a un país pequeño que a estas zonas olvidadas del mundo, donde sus nombres suenan a literatura fantástica (véase Suazilandia), envía médicos para salvar vidas sin recibir nada material de ellos, vidas anónimas que no superarán los 40 años de vida, cuyas tempranas muertes se consienten y de las que yo también soy cómplice.
En unas pocas líneas compruebo que se puede plasmar que estar en contra de este sistema no te convierte en un “antisistema”, sino que analizando el daño que hace al mundo y a la mayor parte de la población mundial, es este sistema el que es contrario a la raza humana y al medio ambiente. Pero vivimos una época peligrosa, porque antes ni siquiera se era testigo de ello por la inexistencia de una mundialización informativa, pero ya no, ya es palpable mediante Internet todo lo que ocurre en el mundo, y aun así se dejan cegar, consienten, firman tácitamente un contrato en el que permiten ser cegados, y con ello desgajan un trozo precioso de la persona, pues permiten ser deshumanizados, y eso solamente provoca dos reacciones: miedo y adrenalina. De nada sirve lamentarse, de nada sirve. La situación es incómoda e incomoda, pero nadie ha conseguido nada a base de lamentos.
Es posible, lo hemos oído en muchas ocasiones: otro mundo es posible, y estamos siendo testigos de la crisis económica y financiera que va agravándose cada vez más en los países de la civilización occidental. Pero rápidamente, los más conservadores, reacios a alternativas, que se agarran como un clavo ardiendo al liberalismo económico, no dudan en hacer una de las afirmaciones que más tristeza produce: “es una utopía”.
Y la tristeza no surge por debilidad, ni por desilusión, sino por ver que los eufemismos que citaba al inicio no sólo los crea el capitalismo para que sus males parezcan más benévolos, sino que también inventa una terminología para aquellas buenas intenciones que construya el ser humano y que no deben conseguirse para bien del capitalismo. Es evidente que la palabra utopía viene de mucho antes que Adam Smith y sus primitivos postulados capitalistas, ya que en 1516 ya usó este término Tomás Moro por primera vez como el nombre de una isla, si bien no tenía el sentido que hoy le damos de “perfección”.
Pero más allá de eso, aunque se le hubiera dado por entonces el sentido de hoy, también es sabido que no es el capitalismo sino una evolución de la relación “explotador-explotado”, que desde épocas faraónicas hasta hoy ha sido constante, cambiando cronológicamente de nomenclatura, pero manteniéndose intacto el trasfondo. Aun así, es el capitalismo quien trae a colación el término “utopía”, tal y como hoy lo entendemos, para “detener” las intenciones contraproducentes para sí.
Es triste ponerse barreras, pero más aún nominarlas, como el verdugo que da nombre a su guillotina. Vivo en un sistema que no cree en el hombre, sino en el dinero, pero no consigue que por ello yo deje de creer en él. Vivo en un sistema en el que la gente repudia reducir sus libertades para por la igualdad y justicia social de todos, pero está dispuesta a venderla al precio que sea para por la seguridad, y se me viene a la mente Benjamin Franklin, cuando decía que quien está dispuesto a ceder libertad para adquirir seguridad no merece ninguna de las dos. Vivo en un sistema que se vanagloria en que me concede libertad de expresión, pero que también me avisa de que si la uso para promover conocimientos y despertar sensibilidades y conciencias de un modo que no conviene a este sistema, podrán en cualquier momento cortar mis alas, como las Moiras hacían metafóricamente con los hilos de vida en la mitología griega. Vivo en un sistema en el que indirectamente se promociona desconfiar de tus propios compatriotas, y en el que las propiedades privadas son de mayor exquisitez cuantas más cerraduras dispongan. Vivo en un sistema loco en el que te tachan de loco por pensar a contracorriente. Vivo en un sistema en el que los que no sienten sus cadenas porque no se dignan a moverse se burlan de los que sí las sienten porque se niegan a desperdiciar sus vidas en el conformismo que emana del consumismo y del materialismo más pueril que pueda conocerse en el paraíso de la plusvalía. Vivo en un sistema imperfecto, y creo en otro sistema que también lo es, pero que no me niega la posibilidad de soñar con un mundo mejor, sino que me alienta a caminar, aunque ese caminar nunca tenga fin.
Pero si tanto hincapié hice en el hambre, fue porque no se ha de tolerar que nos digan que lo aceptemos. No podemos tolerarlo si sabemos que hay suficiente alimento y agua potable para toda la población mundial; si sabemos que un tercio de los alimentos que la oferta ofrece en el Primer Mundo van a parar a la basura; si sabemos que construir un pozo de agua en África no supera los 2.000 dólares; si sabemos que los gobiernos utilizan para rescatar a la banca privada muchísimo más dinero del necesario para paliar las hambrunas y epidemias de las zonas más pobres de este planeta.
Como tampoco hemos de tolerar que quieran vendernos que lo mejor para nuestros países, para la Unión Europea y para todas las naciones no comunitarias es seguir los pasos del Imperio, porque, con calculadora en mano, sería imposible que todos llevásemos ese ritmo de vida. Y además, no nos pueden poner de ejemplo a seguir a un país como Estados Unidos que tiene casi 50 millones de personas bajo el umbral de la pobreza. En otras palabras, más que toda la población española, dos veces la población australiana o venezolana, o la suma de Austria, Grecia, República Checa, Eslovaquia, Irlanda, Noruega y Finlandia.
Soy consciente de que muchos de estos acontecimientos, nombres, fechas, números y anécdotas son conocidos por personas comprometidas con el mundo en el que nos ha tocado vivir, pero si bien trato de hacer menciones concisas, es esencial hacerlas para avivar pensamientos marginados en la civilización occidental, donde la desinformación hacia cualquier Estado que no esté dispuesto a seguir los cánones establecidos por el capitalismo es total. Y los que dignan a encontrar información al respecto deben perder mucho más tiempo que aquéllos que se dedica a ver y reafirmar lo que le ponen en televisión.
Considero por ello vital exponer estos dilemas, y es algo que soy consciente de que a los ciudadanos de Occidente, por regla general, nos molesta leer, porque en el fondo de tu ser te engendra un incómodo sentimiento de culpabilidad cuando llevas toda tu vida resguardándote en que no tienes la culpa, en que viene de antes y no has sido causante originario de ello… Soy consciente de que es el efecto escudo que producirá en la mayoría, porque es más cómodo, para algunos incluso hedonista, pero quizás, puede que haya alguna persona en este mundo que lea este ensayo y no se lo tome a la defensiva, sino como un reto, un desafío, y puede que así, estas palabras tengan en su interior un efecto de conciencia, de abrir los ojos, de darse cuenta de que somos testigos cegados, pero no ciegos, y que no nos ciegan realmente para el bienestar nuestro, sino para el de los que se esconden tras el nombre de “mercados”. Con existir una sola persona, habrá valido la pena.

